Naturaleza y cultura en la obra de Fabiola Adam
La etología, ciencia avalada por los brillantes estudios de K.Z. Lorenz, N. Tinbergen, K. Von Frisch y otros muchos, ha sido, tal vez, la última de las ciencias en incorporarse al estamento académico y en ser reconocida como tal. Los aportes de la etología hasta el momento han sido, empero, fundamentales, pues abren caminos de entendimiento entre la naturaleza y la cultura, entre los animales y el hombre, que parecían definitivamente cerrados hasta no hace mucho. La baronesa Jane Goodall, recientemente galardonada con el Premio Príncipe de Asturias, nos ha mostrado cuán próximos estamos (y, a la vez distanciados por la cultura) del mundo de la naturaleza.
Lo que la ciencia dice, el arte lo intuye y lo señala, y, en ocasiones, también lo anticipa. El mito, esa forma primera de discurso narrativo que parece hallarse en el fondo de toda gran cultura, suele hablarnos de esa estrecha relación antaño existente entre naturaleza y cultura. El hombre surge en los mitos del fondo mismo de la naturaleza, integrado a ella desde siempre, y su separación suele darse por alguna conducta desmesurada que lo conduce a una situación de la que, más tarde, ya no puede escapar. Casi todos los mitos cosmogónicos recogen esta idea. Desde siempre, el arte ha hecho suya la idea de este "pecado original" para realizar la terminología juego-cristiana, que es la que mejor conocemos y la ha transmitido en diversas variantes. Pero también el arte ha ido más allá en ocasiones y ha pretendido bucear en ese estado primero de integración plena a la naturaleza en el que, según el mito, pero también según la ciencia, alguna vez vivimos. Es la idea misma del paraíso.
Este reencuentro entre la naturaleza y la cultura se produce en el espacio de la armonía; conjunción de dos disyunciones que crea un espacio nuevo; el de la ecología. Entiéndase por ecología, no la legítima preocupación por una naturaleza que tiende a desaparecer arrollada por el fenómeno humano, sino la reflexión profunda sobre la posibilidad de construir un mundo en el que lo humano sea un componente ordenador de un sistema perfectamente integrado. No cabe la menor duda de que una preocupación semejante es propia de todo hombre o mujer con un mínimo de sensibilidad y que por ello entendemos el arte de Fabiola. Hay que señalar, no obstante, que la idea de situar en un espacio de rigurosa coetaneidad con nosotros esta conjunción de los disyuntos (naturaleza y cultura) crea no solamente un ámbito de fantasía cargado de sugerencias, sino que, además, nos compromete a todos. Quizá no haya sido esta la intención de Fabiola Adam a la hora de desarrollar sus temas, pero no cabe la menor duda de que esas aves que peinan y revuelven los cabellos de sus mujeres con fondos de paisajes humanizados y perfectamente reconocibles nos piden a gritos que atendamos su canto y nos invita a observar (diríase que nos obligan) el agua y los árboles del entorno, ese entorno en el que estamos sumergidos y que en ocasiones sencillamente no vemos o no queremos ver. El arte cumple, en este caso, con señalarlos nuestra obligación. La técnica de Fabiola es cada día más depurada. El trabajo del color sobre grabado se resuelve en este caso en formas nuevas y en sugerencias multiplicadas. Para un tema como el que ha elegido para esta exposición, los hallazgos técnicos que nos presenta no podían ser más adecuados. |